Esa noche había tenido las mismas desazones, verosímilmente labradas por el
chocolate, o por la ansia tan garrafal que estaba hincada en medio de mi pecho.
La boca de mi estómago ardía, la acidez producida por mi desespero era tal, que
me revolcaba entre las sabanas mientras cruzaba mis brazos frente a mi
estómago. Suspiré en cuanto oí el sordo sonido de la sábana chocando contra la
alfombra de mi habitación, y desprotegida del frío matutino pude averiguar
viendo hacia la ventana que era hora.
Si el dolor de panza que poseía no era suficiente para detenerme, si lo era
la pereza que se posaba sobre mis parpados, bostezaba y lagrimaba mientras
luchaba por incorporarme, logrando entonces sentir mi peso sobre mis pies que
eran acariciados por la sucia alfombra. La miré por unos segundos, si alguna
vez fue verde pastel no quedaba rastro alguno; ese era un verde pasto bastante
oscuro. Suspiré, iba a lavarla por la tarde. Me miré al espejo al tiempo que
intentaba ordenar mi cabellera negra, alcé una ceja dándome cuenta que había
suspirado dos veces y recordé a mi abuela:
“Las mujeres que suspiran
mucho están enamoradas”
Fruncí el ceño haciendo un mohín al espejo, ¡¿qué estaba pensando?! Con
desdén halé una de las toallas de una gaveta y corrí al baño.
Lista y con la mecedora de madera en la puerta, me dejé caer en ella como
todas las mañanas. Rodorio es una ciudad que se caracteriza por gente
trabajadora, así que a pesar de que el sol aún no había acabado de salir, ya el
señor de la Panadería –por ejemplo- estaba horneando su pan, lo supe al sentir
el agradable olor y me lamenté de no haber guardado de mi mesada para comprar un
poco de pan dulce, lo adoraba tanto en el desayuno. Luego recordé que no había
café, y entonces para no pensar en la letanía de quejas que recibiría de mi
tía, contorné la portada del libro que tenía en mi regazo. El caserío aún
estaba en sordina, lo bastante como para que los bramidos de mi mente se percibiesen
con muchísimo eco; y no era mi voz, era la voz recreada de lo que debieron
haber sentido mis familiares en aquellos años. Era tan dañino para mí, pero no
podía dejar de enterarme, ese libro de la segunda Guerra Mundial era todo lo
que tenía para descubrir porqué. El porqué de mis pesadillas y mis anhelos sin
nombre. Creí por mucho, que había heredado la angustia de mis parientes.
Abrí el libro y dejé que las páginas ansiosas se pasearan de izquierda a
derecha, decidiendo que sería lo que leería esa mañana. Pareció una señal en
cuanto todas se fueron hacia el lado izquierdo, solo dejándome ver la fecha de
la impresión de esa edición. 1956. Que sabio es un libro, y que sabia la brisa
que me envolvía, tan fría, tan acogedora, puesto que ayudó a mi cansada mente
comprender lo que decía mi corazón ese día: las preguntas eran muchas, pero aún
no quería saber las respuestas.
Dvora, Dovra, me llamé a mi misma, ¿Para qué sales todas las mañanas a
postrarte ahí como alma en pena?
Era cierto. Dejando el libro bien colocado en mi regazo conté con mis
dedos, ni el lunes, ni martes, ni miércoles, ni jueves, ni viernes, ni sábado,
ni domingo. Tenía una semana exacta de no verle caminar por esa acera como si
el mundo le importase en lo más mínimo, tan liviano y elegante, que parecía ser
un fantasma que desaparecería. Pero a pesar de su palidez, ese color aquamarina
de su cabello lo hacía ver brillante, ladeé mi cabeza al momento en que movía
mi torso hacia adelante, haciendo rechinar mi mecedora, viendo de manera
descarada a ambos lados. Pese a que no había señales de él, me volví a la
posición anterior, preguntándome si él sabría que siempre lo observaba. Para
nadie era un secreto que muchas veces desde que aparecía por la cuadra, y
desaparecía en la esquina, se me quedaba mirando con una mirada inescrutable,
incluso una de mis primas lo mencionó.
Probablemente creería que era una molestia.
Recapacitando en aquella eventualidad, bastante factible, solo me provoqué
una peor acidez. ¿Qué clase de sentimientos eran esos? Era como si su gravedad
me atrajese de manera olímpica, me preocupada aun a pesar de que prácticamente,
jamás, había cruzado palabras consigo. En un acto de nerviosismo lo hice,
comencé a peinarme mi flequillo con mi brazo izquierdo tembloroso, sintiéndome
estúpida.
Y sin previo aviso, el susodicho hizo acto de presencia. Tuve que pestañear
para estar segura de que no era una jugarreta de mis pensamientos, que ansiaban
ver de nuevo sus gestos, caminar, presencia y todo lo demás. Arrugué mis
facciones en cuanto estuve segura de su aura, y otra vez el dolor de mi
estómago empeoró, punzándome, lo odiaba tanto. A Piscis. El Caballero de Oro.
Era tan contradictorio que de lejos lo quisiese y de cerca quisiese… golpearlo.
Pero eso no fue lo único extraño, estuvo lo suficientemente cerca como para
percibir su despampanante armadura durada y lo ensangrentado que se encontraba
de pies a cabeza. La sangre seca impregnó el ambiente, pudiendo opacar el
delicioso olor a pan horneado. De un salto me incorporé de la mecedora, dejando
caer el libro al suelo, preocupada por aquel estado en el que se encontraba.
Algo no me dejó continuar, sin embargo, mis pasos hacia él. Eran sus ojos
azules, estaban en aquel estado, como
estrellas muertas. Infinitos y vacíos. Tan secos como las páginas que pretendía
leer anteriormente. Fruncí mis labios decidida a no continuar callando, y apretando ambos puños infantilmente, lo
abordé.
-Siempre pensé que tus ojos eran como el atlántico, hoy parecen el mar
muerto-
Se detuvo en seco, medí mis palabras y me sentí la peor grosera de la
galaxia entera. Aun si mis ojos estaban abiertos como platos, no era nada
comparado con mi misma perplejidad, semejante grosería no tenía nombre. Pensé
en dar media vuelta y huir, ¿qué me detuvo? El silencio volcado. Sus ojos
girándose hacia donde estaba y mi misma idiotez. ¿Sonrió? Me lo pareció, aquello
era sarcasmo, era ironía en su sonrisa, era maldad. ¿Qué clase de misión había
llevado a cabo? Cerró un ojo segundos después, y me permitió advertir que su
frente estaba llena de gotitas de sudor. Llevó su mano derecha hacia su abdomen
y continuó su camino.
Si me había atrevido a hablarle anteriormente, ¿por qué no repetir mi
hazaña?
-¿Está herido?-
-¿Primero me tuteas y luego no?- respondió al segundo deteniéndose,
mientras aún me daba la espalda. No supe que responder, satisfecho, pareció
solo ignorar mi silencio y presencia, pues a paso rápido acabó de perderse por
la acera.
El bullicio del pueblo comenzaba a ser todo un hecho, me volteé sobre mis
talones levantando el libro del suelo, asombrada por tal cruce de palabras. Me
sonreí, mi cabeza me decía a gritos que debía seguirle. ¿Por qué? Porque sí. No
tenía las de ganar, y la verdad, todas las de perder, ¿con que propósito haría
aquello? Continué pensando en que la
gravedad me arrastraba a hacer tales cosas. Y es que me caía de la patada su
facha, pero probablemente en aquellos momentos yo sabía que era solo una dura y
resistente coraza, porque los ojos son el espejo del alma, y aunque sonara increíble, cuando sobre sus
hombros no tenía el peso de su dorada armadura, sus ojos estaban vivos. Heridos,
pero vivos.
Le estaba siguiendo, ¡Por el creador! Le estaba siguiendo a hurtadillas
entre las personas del pueblo, esperando descubrir el porqué de sus heridas y
mis sensaciones. En un punto perdido, solitario, confundida me vi frente a un
terraplén baldío. Y unas voces cercanas, sospechosas, me hicieron correr y
ocultarme tras una pared destrozada que estaba llena de cal. Los escombros casi
me hacen caer, por suerte logré agazaparme en un determinado rincón.
Al cabo de un rato logré reconocer la voz de Piscis y la de un acompañante
desconocido.
-Por supuesto que has acabado con todos, ¿no?- dijo la voz no familiar.
-Incluyéndolas- respondió él, el
otro sujeto gimoteó de la impresión
-¿Enserio tu…?-
-Había rosas sangrientas y ellas vieron todo, si las ayudaba a salir probablemente habrían muerto de todos
modos, ¿sabes lo que pasa cuando el veneno entra en los poros de la piel de un
ser humano ordinario?-
El otro rio ante la explicación.
-No por nada te dicen que eres el más temido, mírate, ni siquiera te tembló
el pulso al mencionar que mataste a una madre con sus niñitas pequeñas-
No pude evitar llevarme ambas manos a la boca luego de haber escuchado
aquello. ¿De qué se jactaban? Sentí asco, tal asco, y tal impresión, que apenas
y podía mantenerme agachada, acabé ensuciándome mi atuendo con la cal de la
pared mientras rodé en ella y caí al suelo. Volví a percibir el punzante dolor y un
silencio sepulcral, probablemente se habían percatado de mí, primero por mi
descuidada caída al suelo, y segundo, por que era un santo de oro del que me
escondía.
No oí nada más hasta que vi como una rosa roja se clavaba frente a mí. En
la tierra.
-Supongo que iré a notificarle todo a su eminencia- de nuevo la voz
desconocida.
Y pasos se alejaron, hicieron eco hasta desaparecer entre la nada del
terraplén. Temblé, estaba segura de que eran solo las pisadas de una sola
persona. Escueta, e imposibilitada, esperé a lo que el destino me deparara.
Segundos pasaron como tortugas antes de que divisase a mi costado derecho los
zapatos de oro de una armadura, y el final de una capa manchada de sangre. ¿Era
esa sangre de los niños o la mujer ultimados? Qué horrible cosa había
escuchado.
No me atreví a elevar mi vista, no podía. Aun cuando se agachó ante mí y espero paciente a que volteara a mirarlo.
Me sentí tan ridícula por aquello que pensé en mirarlo y levantarme, podía solo
irme, nada me retenía; tomando valor
artificial lo hice, giré mis ojos hacia su dirección y pareció ser peor la cura
que el veneno. Me quedé estática ante su cercanía, que no pasaba de unos 20
centímetros. Me quedé atónita ante su par de ojos azules, apagados, brillantes
e infinitos.
Me quedé atónita ante su expresión despreocupada, ¡Era un perro asesino! Y
no parecía arrepentirse de nada, ¿Y yo que era? Una masoquista enamorada de la
belleza del diablo, pues fantaseaba con estrecharle. Frunció el ceño en
silencio, y de pronto se inclinó hacia adelante, hacia mi dirección,
acercándose tanto, que asustada apreté mis ojos. No obstante, el contacto
físico que “esperaba” no se dio: en su lugar, un calor corporal cercano solo
sentí, y luego lejanía. Abrí mis ojos y Piscis estaba de nuevo frente a mí,
mirándome inescrutablemente. ¿Jugaba
conmigo?
Decepcionada a más no poder, me levanté del suelo de un salto, siendo
seguida por él, y en aquel movimiento, divisando una rosa roja entre sus manos.
Sin saber por qué me la quedé viendo, y él ese descuido lo aprovechó muy bien;
tomó mi mano izquierda, haciéndome estremecer con el frío metal de su armadura,
y el delicado calor de sus blancos dedos. Y haciendo subir a mis mejillas el
más puro carmín puesto que sentí la humedad de su boca: metía en ella uno de
mis dedos.
Embebida en una especie de hechizo, magnetizada por su par de orbes azules,
me quedé de nuevo paralizada. Ante quizás un Youkai.
Ante mi tortura… El angular fue liberado, apenas y
podía creer que el apretón de mi mano había desaparecido, al igual que la rosa,
y el caballero de Piscis

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