16 de mayo de 1970
La pequeña casa estaba helada por dentro. Para sorpresa, ese mayo había llovido
desde que se había asomado. Sumamente extraño normal para un mayo en Gotemburgo. La losa
del suelo estaba completamente fría, a pesar de su cálido color terracota. Las
paredes de colores pasteles dejaban reposar muchos cuadros y adornos de madera,
haciendo disimular lo vacía que estaba la estancia: solo había dos camas al
fondo, en el centro una alfombra con una pequeña mesa, y del otro lado una
cocinita bien distribuida, que hacía recrear la de una pequeña casa de muñecas.
Eran las 3 en punto de la tarde. El padre Alrik decía que era la hora de la
misericordia y que se debía tomar un rosario para rezar varios padres nuestro,
con eso, sería suficiente para que el sufrimiento de Acacia se viese concluido.
Ella esa tarde hizo a un lado ese trance, con la ilusión del cumpleaños de
Kerstin y se dispuso a preparar un pastel.
Una discusión bastante reñida, que daba el suficiente calor a la habitación
por su intensidad, era el magistral soundtrack que opacaba los tarareos de
Acacia.
-¡Greta Garbo no es sueca, enano!- ultimaba con suma confianza un pequeño
de unos 7 años golpeando la mesa, casi derramando, por su acto, las dos tazas
de té verde que había sobre la mesa. El pequeño era muy parecido a Acacia, con
cabellos color caoba y ojos enormes,
negros, bastantes expresivos, su temblé y presencia era musulmana.
-¡Por supuesto que sí, es ridículo que no lo sepas! ¡Y más aún si estás
aquí!- respondió el aludido por la palabra enano,
apretando un almanaque mundial, mientras dedicaba al chico que era, claramente
dos años mayor que él, una mirada de reto. Este pequeño era totalmente distinto
a los individuos presentes, poseyendo ojos azul profundo y cabellos aquamarina,
que largos y lacios, caían sobre su cara apropósito, casi ocultándola por
completo.
-¿Cuánto quieres apostar a que no?-
-Los que apuestan este tipo de cosas son estúpidos-
-¡Lo dices por que no estás seguro!-
-¡Acacia! ¡Greta Garbo es sueca! ¿Verdad que si?- insistió el pequeño de
ojos azules levantándose de su lugar, yendo hacia la cocina.
Acacia volteó hacia los pequeños que seguían murmurando entre su riña y
asintió al pequeño de ojos azules.
-¿Ves?- sonrió
-Te crees más genial solo porque aprendiste a leer más rápido- el derrotado
niño de 7 años se dejó caer en la alfombra de nuevo, mientras con desdén bebía
de su taza el té frío que quedaba.
-… Birsh… - llamó Acacia al oír el repentino silencio, girando sobre los
talones, dejando el trabajo que llevaba a cabo con los picos de crema pastelera
que adornaban el pequeño pastel. Birsh no respondió, en su lugar, solo se
escuchó el molesto y repetitivo sonido de la ventana, el tac tac, que exponía para quienes estaban protegidos de la
llovizna, las traviesas corrientes de aire de la improvisada tormenta de
afuera.
-Afrodita…- insistió la mujer al ver que el pequeño, inmóvil, abrazaba el
almanaque mundial mientras estaba cabiz bajo. Suspiró poniendo sus brazos en
jarra y miró en dirección a Birsh, relamiéndose sus labios mientras pensaba en
que decir -¿No es exagerado pelear por la nacionalidad de Greta Garbo?
Afrodita asintió, Birsh resopló.
-No es eso lo que me molesta-
Afrodita apretó más su almanaque, sabía que se refería a que él había aprendido a leer más rápido. Cosas
de este tipo, esa clase de comentarios, eran los que le recordaban al pequeño huérfano
que era imposible sentirse cómodo en un lugar como ese; sin sentir
culpabilidad. No pertenecía ahí, y sin embargo, se permitió por ese tiempo ser
la molestia en la casa de Acacia y Birsh.
-Lo siento- articulo con sus pequeñas piernas temblando. Apretaba los dedos
de sus manos y pies, intentando que algún temblor explícito no saliese a flote.
No quería verse derrotado tan rápido.
-La disculpa está de más, mi cielo- sentenció Acacia –Birsh, ponte de pie. Acércate,
y demuestra que tienes modales y sabes admitir los errores.-
El otro niño volvió a resoplar molesto. Afrodita solo quería salir
corriendo.
-Muévete, Birsh- chillo Acacia –No me harás irte a buscar, ¿verdad?-
El niño se levantó e hizo una pequeña reverencia hacia su madre y Afrodita.
Sin embargo no se disculpó. A propósito de su pesada personalidad, Acacia pensó
que sería suficiente, así que luego de tocar su cabeza, se acercó a Afrodita y apartándole
los mechones de sus ojos, paseó ambas manos por su rostro y lo llenó de besos.
-Mira que es esto, ¡estabas a punto de llorar!-
La cara del pequeño adquirió color, la mujer rio ante esto y volvió a
besarle, esta vez, en su mejilla, y continuó con su camino de nuevo hacia la
cocina, dejando el ambiente con olor al bizcocho de almendras y el dulce olor
de la crema pastelera. Apenado, el pequeño de ojos azules se acercó de nuevo a
la mesa, frente a su taza de té verde y dejó sobre esta mientras se sentaba
sobre la alfombra el almanaque.
Con sus ojos fijos en la madera de la mesa lo reflexionó, el ambiente
estaba impregnado de ese delicioso olor, ¿era eso una madre? ¿Así se sentía
tener una? ¿Todas olían a pastel o habría algunas que olían a otra cosa? Birsh
había dicho una vez que en su escuela, todos decían que las mamás solían tener
el olor que a uno más le gustaba. Por ello una niña decía que su madre olía a
papas fritas. ¡Magnifico! ¡Papas fritas! ¡Habría entonces madres que olían a
caramelo! Otras a chocolate con leche. Unas quizás, incluso, olerían a algo no
comestible, ¿qué tal lavanda?
Frunció el ceño, la señora de enfrente, la mamá de una pequeña niña que por
cierto era muy engreída, apestaba como si se bañase en todos los pesticidas que
tenía. A nadie le gustaba el olor a los pesticidas, ¿verdad? Probablemente ella
tendría otras cosas buenas, Birsh también había dicho que todos peleaban por
qué mamá cocinaba mejor. Acacia sin duda, cocinaba delicioso…
Entonces, si él lo pensaba bien, ¿podría intentar recordar a que olía su
madre? ¿O si ella cocinaba bien? Se desanimó. Era apenas un bebé en cuanto su
madre murió. ¿Cómo podría recordar ese olor? Negó con su cabeza, ¡Por supuesto
que era imposible! Y no tenía derecho a anhelar algo tan tonto, su culpa era,
que su madre no estuviese ahí.
“Mamá murió en cuanto
naciste, mi cielo” había
dicho Acacia. Y él no era tonto. Sabía que había sido su culpa, porque, hasta
su padre le había dado la espalda por aquel pecado. Había ido a la iglesia en
varias ocasiones, a misa, y se lo había escuchado al padre Alrik, los pecadores
siempre se quedaban solos.
Acacia, sin reparar en los pensamientos del pequeño de ojos azules, se
esmeraba acabando el pastel, viendo de manera eventual, hacia un grupo de
portarretratos, diagonal a donde se encontraba, colgados en la pared. Una foto
en específico le sonreía, una mujer de hermosos ojos azules y un profundo
cabello castaño claro. Kerstin, la madre de Afrodita. A quien, luego de acabar,
le acercó el pastel en una bandeja, le pidió el visto bueno, y la autorización
de llevar a cabo la pequeña y acostumbrada ceremonia de las velas.
Esa era su tortura, hacer que el pequeño Afrodita de cinco años, sonriese
tan hermoso como su madre en ese retrato.
Acacia sufría por dentro, nunca había visto sonreír a su pequeño pedacito
de cielo. Nunca había visto sonreír a Afrodita, a pesar de que se suponía, era
apenas un niño que cumplía 6 años.

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