16 de Mayo de 1970
Sobre la mesa se dejó reposar un hermoso pastel, ataviado con cerezas y crema pastelera de vainilla. El pequeño de cabellos aquamarina dio un sobresalto.
-¡Es enorme!- habría exclamado Birsh, al momento en que se acomodaba a un
lado de Acacia, frente a Afrodita y el enorme pastel. Los ojos del pequeñuelo
estaban abiertos de par en par, mientras un hermoso color carmín adornaba sus
mejillas. ¿Qué se suponía que hacía eso ahí? ¿No era una exageración para la
merienda?
-Suficiente azúcar para un coma diabético- apuntó Birsh deseando pasear su
dedo por el pastel, Acacia le reprendió de inmediato, sacando seis velitas de
color azul cielo de su delantal color lila. Las colocó meticulosamente,
emanando su cariño por doquier, tarareando encendía cada una de ellas, y tras
acariciar la cabeza del ojos azules, se sentó junto a Birsh.
-Feliz cumpleaños, pequeño, ¡Sopla las velas y pide un deseo!- aplaudió sonriendo
ampliamente, incitándolo a seguir su propuesta.
El niño miró las velas, ¿No era esa una falta de respeto?
Lo dudo por unos segundos más, pero ante la mirada de fastidio de Birsh, y
las ganas de Acacia, no pudo más que complacerla, y sopló velas ¿acostumbraban
los otros niños a pedir un deseo en un día como ese? ¿Por qué? ¿Y qué clase de
cosas pedían? Luego del fuego extinguido, volvió a su lugar, sentándose sobre
la alfombra. La lluvia continuaba afuera, pero no era lo suficientemente fuerte
como para opacar la voz de la mujer que le insistía con los deseos.
-¿Deseos para qué? ¿Por qué un pastel?- Cuestionó. Acacia entristeció sus
facciones, Birsh resopló fastidiado.
-Solo comámonos el pastel, el abuelo dice que celebrar el cumpleaños está
mal.
-¿Cumpleaños?- Afrodita miró directamente a Acacia expectante, ¿cómo que
cumpleaños? Él había oído de voz de algunos a quienes frecuentaba que era una
celebración trivial, y además, que su madre se había ido el mismo día de su
nacimiento, ¿Por qué entonces celebrar eso? ¿No era malo? Cada que llegaba ese
día, él quería solo desaparecer, ¿había hecho algo tan malo sin darse cuenta
como para lograr que su madre ya no existiese en la tierra? –Hoy no es mi
cumpleaños.
-No… hoy es el cumpleaños de tu madre-
No habría cosa más emocionante para el pequeño que haberse enterado de algo
como eso. Si ponían en una esquina de una balanza, comida y regalos, y en la
otra, algún esbozó de la corta vida de su madre, de seguro lo segundo era mucho
más valioso y pesado para Afrodita. Sus ojos estaban abiertos como platos,
apretaba sus manos para controlar su euforia. ¡Ah, vaya! Era como si el
monstruo Ammit, estuviese un poco más lejos de hacerse de su pesado corazón
para devorarlo.
Es que, ¡Vamos! ¡Había hecho un nuevo descubrimiento!, su madre había
nacido un 16 de Mayo. Quiso decir “feliz
cumpleaños, mami” pero no podía siquiera pronunciarlo. Dentro de su pequeño
pecho, había una telaraña incrustada: esta le decía, apesadumbrándolo cada día
más, que no merecía decirle “Mamá” a su progenitora, mucho menos siquiera
desear conocer el nombre de su progenitor. Del que no sabía siquiera si estaba
vivo o muerto. Pero a pesar de su culpabilidad, se sentía feliz, conocía el nombre
y el cumpleaños de su madre. El pastel, aunque hermoso, no importaba. No importaba
la nata, que infantilmente se veía tan deliciosa.
Tampoco las cerezas, o las seis velitas.
Kerstin, su madre, había nacido un 16 de Mayo. Deslumbrado por su hallazgo,
no se percató de que Acacia continuaba porfiada, ahora fragmentando tres
enormes rebanadas, y colocándolas en un
plato de aluminio. Le dio uno, y cambió su frío té. Intentaba con todas sus fuerzas
que comiese un poco de pastel.
¿Era mucho pedirle? Solo era un trozo de pastel. Una sonrisa, Acacia, solo
quería una sonrisa sincera y enorme. Solo una.
El pequeño, ignorando el pastel, se puso de pie. Regresaría a casa.
-¿No vas a comerte un trozo de pastel?
Negó con su cabeza en respuesta. Sí, era pedirle mucho.
-Lo hice con mucho cariño para ti- insistió
-Muchísimas gracias- respondió menudo
-Ah, no importa madre, yo me comeré su trozo de pastel- dijo Birsh bromeando.
-¡NO! ¡VAS A SENTARTE Y A COMERTE EL PASTEL, AFRODITA!-
Ese había sido un fuerte manotazo en la mesa, un fuerte golpe, un fuerte
golpe de voz. Dos tazas de té se conocieron quebradas, y la última, rodó hasta
los pies del pequeño sueco, turbado. Su felicidad, de nuevo, se vio revestida
de angustia, y ahora, de shock. Acacia, ocultando su rostro con su mano
derecha, mientras al parecer sollozaba, era merecedora de toda su atención.
¿Todo eso había sucedido por haber querido irse a casa sin comer pastel? Endureció
sus facciones, también comenzó a sollozar, mientras apresurado, buscaba
localizar cada trozo de la cara vajilla rota. No quería que los pies descalzos
de Acacia se vieran cortados. Muy a pesar, de que apretaba el vidrio, dejándose
cortar sus pequeñas manos. ¡Siempre era lo mismo! Si él sonreía, alguien
lloraba.
¿Sería que cuando nació le sonrió a su madre?
Temblaba tanto, que los trozos de vajilla que recogía, en varias ocasiones volvían
al suelo, así que nuevamente los acumulaba con desespero. Ya no eran blancos,
estaban tintados con la sangre de sus pequeñas cortadas. Aguantaría el dolor,
estaba seguro, que era menor al que sentía Acacia, pues sollozaba como jamás
habría de oírla.
Birsh, sin saber qué hacer, le susurraba en turco quien sabe qué clase de
palabras. Con su dulce voz, solo se podía descifrar que intentaba calmarla.
“Lo siento, lo siento, lo
siento” coreaba entre
letanías sempiternas Afrodita. Le preguntaría luego al padre Alrik si solicitar
disculpas era suficiente al cometer un error y estar sumamente arrepentido. Con
todas las piezas en sus pequeñas manos, corrió a la cocina y las dejó en el
bote de la basura, como un flash, estaba limpiando de la alfombra el té, con un
paño húmedo.
La lluvia de afuera comenzó a ceder, solo se oían de pronto, pequeñas gotas
golpeando los vidrios de las ventanas selladas. Acacia, sin más, dejó de emitir
sonido. Le respondió en turco a su hijo, que asintió, y quitó de las manos de
Afrodita el paño húmedo, y a su vez, desapareció de la estancia.
-Çok üzgünüm, tatlım1.
Los ojos confundidos de Afrodita demostraron que no entendió el turco.
Acacia, apretando sus manos sobre su regazo, pensó detenidamente en lo que
iba a hacer. No encontraba como formular sus ideas. Sabía que el pequeño
Afrodita estaba lleno de dudas, y que las respuestas estaban en ella, sin
embargo, ¿cómo iba a explicarle que sus lágrimas eran causa suya? Verlo culparse,
por su causa, por no poder ser capaz de decirle nada, era lo que más la
atormentaba. Empeoraba su estado, no la dejaba dormir por las noches. No la
dejaba degustar el té con tranquilidad.
-Prometo…- interrumpió el pequeño sus pensamientos, aventurándose a abrir
su boca para acabar con su mal semblante –Prometo que me comeré el pastel-
-Pero, ¿Qué cosas…?-
-Estás triste porque no me quise comer el pastel, ¿No es así?
La inocencia con la que se acercaba a ella y le daba ligeras palmaditas en
su espalda estaba deshaciéndola a paso lento, pero seguro. Volvió a quedarse
muda.
-Prometo comérmelo, me lo llevaré a casa y merendaré todo- le sonrió un
poco, haciendo deslizar las últimas lagrimas que se habían encharcado sobre sus
orbes. Sus tiernos pómulos inundados de tristeza la conmovieron. No podía ser
tan cobarde.
-No es por eso… mi cielo, temo que es mucho peor lo que me tiene tan mal.-
iban bien, había dado el primer paso, y al ver el interés del pequeño, pensó
que era una oportunidad de oro. Sin embargo, el niñito pareció discernir algo. Su
corazón dio un paro estrepitoso en cuanto abrió su boca como formulando alguna conjetura
suya. Y Afrodita era muy inteligente.
-Ah, ¡Lo que te tiene mal es que tu padre te regañe por haberme hecho un
pastel por el cumpleaños de Kerstin!- la tomó de la cabeza y rio -¡No le voy a
decir nada! ¡Te lo juro!, tampoco le diría que me acompañas a misa, sería
nuestro secreto, ¿No?-
Acacia se apresuró a tomar las dos manos del pequeñito, apretando con sus
dientes sus labios, iba a negar con su cabeza, pero al verse reflejada en sus ojos pospuso la idea de nuevo. No podía
decirle nada. Lo abrazó con fuerza, imprimiéndole besos en sus cabellos suaves
y en sus mejillas húmedas. Lo bendecía con todo lo que tenía, con todo lo que
podía ofrecerle. Le oraba con suma devoción a su Alá que sabía se apiadaría de
los dos algún día
-Al-laho Akbar2- dijo
cuatro veces -Bismil-lahirrahma nirrahim3,
Ben bütün sevgi ile bu küçük mağfiret, önce beni almak, acı varsa ona hiç bir
gözyaşı döken izin vermeyin dua, ben yine böyle bir şey görebiliyordu4.
-¿Qué cosas
murmuras, Acacia?
-Nada, nada mi pequeño.
Guardaron silencio
por un par de minutos más.
-Feliz
cumpleaños, Kerstin- murmuraron a coro.
Mañana sería otro día.
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Traducciones:
1. "Mil disculpas, mi cielo"
2. Al-laho Akbar Traducción: Dios es Grandísimo. Suele ser la frase por excelencia musulmana a la hora de agradecer algo, o al comenzar con sus rutinas de oración. Debe repetirse cuatro veces.
3. Bismil-lahirrahma nirrahim Traducción: En el nombre de Al-lah, el Clemente, el Misericordioso.
4. "Yo con todo mi amor ruego el perdón de este pequeño, no le permitas derramar jamas una lagrima, si el ha de sufrir, llévame primero, no podría ver algo así de nuevo"
¡Gracias!

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