Los libreros de Göteborg
Si cruzabas la estancia de la casa “de bokhandlare” podías encontrar una sala amplia que ostentaba los suelos de madera más representativos jamás vistos. El abuelo dueño de la casa desde hacía años, y desaparecido hacía casi una década, había traído cada madera desde muy lejos, puesto que su hija, su querida princesa, adoraba danzar por doquier como una mariposa inquieta. La gente que los conocía solía decir que Kerstin asistía al ballet y era una muy buena joya en desarrollo, sus puntos releve, e inclinación de cuerpo, junto a su delicadeza a la hora de bailar frente al público en el Lorensbergsteatern, dejaban demostrar, que lo que movía a la pequeña era una fuerza angelical, que más que mágica, era sublime. El abuelo Michael añoraba verla danzar cada día, y por ello, le cumplía su segundo mayor capricho.
El primero, era dejarla trabajar consigo después de clases, si esta no estaba sobre sus puntas danzando como un colibrí, estaba entonces si temor a equivocarme sobre un banco en “De bokhandalare”, una librería que estaba al final de la calle más concurrida de su barrio de origen, Biskopsgården. La librería quedaba en un almacén a un costado de la casa. Que dejaba un espacioso pasillo, sirviendo este de encaminar a cualquiera hasta el local con una pequeña vitrina que servía para atender a los clientes.
Del otro lado, había además una cocina pequeña, un lavabo y un mesón enorme, frente a estos, un grupo de escaleras de forma de caracol que llevaban al segundo piso: siendo este dueño de varias habitaciones y un baño. Era perfecto. Y estaba tan lleno de luz en cuanto Kerstin vivía.
Pero ella, a sus 19 años habría perdido la vida. Ahora la penumbra abrazaba el lugar, como si el Érebo junto a Neftis hubiesen hecho una tregua de negrura. Probablemente por ello, las pesadillas del único habitante de la casa eran tan frecuentes. A pesar de que se esmerase en mantener la casa en orden y limpia, -siendo esto, lo único que podía hacer, viviendo un sueño absurdo en el que su padre regresaba y quería estar con él- no era suficiente.
Pero ese día, ella era la razón de que las pesadillas no importasen. Llegó cargando una bolsa de papel que contenía dos viandas, una con cena suficiente para dormir con la panza repleta y otra llena de pastel que prometió no probar si eran más de las 7:00 p.m.
Dejo el paquete sobre la mesa de la cocina, y corrió hacia el depósito de libros.
Rodó emocionado una silla de una esquina de la estancia a la otra. Necesitaba al banco de madera para lograr una altura mejor, sus escasos centímetros no le permitían halar la pila de libros que le saludaban desde el tercer estante. En cuanto lo hubo logrado, los libros, traviesos, chocaron contra si casi tumbándolo del banco.
Se sobó la cabeza viendo los libros en el suelo, shockeado por su mal cálculo, mas sin embargo el dolor fue olvidado al percibir como las hojas de varios estaban siendo lastimadas por los demás objetos a su alrededor, el cataclismo de su vida ocurría, yéndose al suelo para apilarlos todos y corroborar que todo estuviese en orden, percibió con horror las consecuencias de su error de cálculo: una página de un libro en específico estaba rasgada hasta por la mitad.
Sus orbes se inundaron, redimió el libro poniéndolo sobre el escritorio recóndito entre repisas al rincón, iluminando con la vieja lámpara de luz y examinando los daños de su superficie. Tuvo que detenerse y arrodillarse en el sillón mientras limpiaba sus lágrimas, controlando sus temblores. Si seguía así, mojaría el libro, y eso sí que jamás se lo perdonaría.
Más tranquilo, y decidido a hacer algo al respecto, volvió a ver hacia el libro. La mesa del escritorio era como la de algún historiador bibliotecario, poseía una antigua lámpara, que por suerte, era eléctrica, y otros libros a su alrededor. El libro que tenía entre sus manos parecía ser antiguo, y cuando lo cerró para poder ver su cubierta se dio cuenta que era precisamente el que había entrado a buscar. No era un libro cualquiera, era, en realidad, el pequeño diario que su madre había escribido en vida, los últimos 7 años de su existencia estaban plasmados ahí.
¿Por qué quería verlo de nuevo? Porque había una fecha en específico con la que comenzaba dicho diario: lo corroboró al buscarla. Era un 16 de mayo, el cumpleaños de su madre. ¡Ahora estaba seguro de su día de nacimiento! Y entonces, estaba seguro también de que le habían obsequiado el bonito diario en su cumpleaños número doce. Sonrió un poco, haciendo inflar sus pómulos, aunque, eventualmente, recordó el enorme rasguño.
En cuanto lo localizó, lo sintió arder en su piel misma; qué barbaridad había cometido. Desahuciado, y arrepentido de su proceder imprudente, se reprendió a sí mismo una y otra vez por haber entrado corriendo por el libro y haber jalado todo de su lugar de esa manera. Sabía lo oscuro que era todo la estancia, sabía lo valiosos que eran aquellos libros, sabía cuan importantes eran para Kerstin. No se perdonaba la enorme herida en aquel templo de letras.
Suspiró, era como si rasgara la piel misma de su madre, una gotita bendita y brillante bajó por su mejilla, seguida de otra, y de otra más. Hasta que entre la oscuridad, percibió una idea. Probablemente el padre Alrik sabría qué hacer. Limpiando sus lágrimas, y cerrando el diario, percatándose antes de irse que este tuviese todas las piezas de la hoja fracturadas, se encaminó a prisa a través de la sala de su hogar para salir a la calle.
La comuna estaba poco concurrida, la cuadra donde vivía Afrodita era en donde estaban las casas más grandes, por consecuente, menos familias existían, por lo tanto era la más solitaria. Odiaba caminar por ahí solo, así que apretando su miedo, corrió con todo lo que sus pies daban hasta la capilla que estaba a tres cuadras.
Había charcos en las calles, Gotemburgo y sus lluvias habían dejado un panorama frío y hacía ver más fríos los colores externos de las casas: a pesar de ser vivos como el rojo, amarillo y azul rey. Los ventanales estaban empañados, y las empedradas aceras, completamente resbalosas. Perfeccionando el panorama funesto ante los ojos del niño, los faros de luz oxidados, y revestidos varias veces de color negro titilaban. Tal cual lo harían en cualquier película de suspenso del autor de Psicosis. Se prometió no volverlas a ver por un tiempo con Birsh. Resbaló justo frente a la capilla del padre Alrik, cayendo en el suelo de manera estrepitosa. Sus mejillas cobraron color en cuanto los niños que salían del catecismo se desplomaban en carcajadas.
-¡Afrodita!- exclamó el padre Alrik -¡Válgame Dios! ¿Qué haces en ese suelo frío y cómo fue que saliste de casa sin algo que te abrigara?
El pequeñín apenado accedió a recibir la mano del sacerdote, que con su atuendo oscuro, hacía resaltar mucho más sus ojos verdes. Era italiano, por ello su sueco era bastante forzado, incluso más que el mismo sueco propio de Gotemburgo, conocido, por ser en algunos rincones parecido en acento al idioma noruego. El hombre de unos 40 años, era quien se había encargado de mantener monetariamente al niño desde que este había quedado “huérfano”. No se permitía decir quien daba el dinero a Acacia, replicaba, cada que se le preguntaba que “era un secreto de confesión”
El de cabellos aquamarina siguió tras levantarse, a Alrik para ir al interior del recinto religioso. Dentro, era de arte románico en todo su esplendor, a pesar, de poseer una fachada externa bastante moderna. Normal en monumentos religiosos, pasaban años para continuar la obra y la arquitectura suele evolucionar a prisa. El ábside desplegaba, orgulloso, brillante por sus colores cálidos y planos a un Jesucristo Pantocrátor, hecho en un hermoso fresco, que saludaba hacia los vitrales que anunciaban el viacrucis desde inicio hasta final. Había una alfombra roja, y los arcos de medio punto, dejaban que el ábside junto a las cúpulas hiciesen lo suyo en cuanto se susurraba o caminaba hacia algún rincón a través de los bancos de caoba oscura: la acústica hacía que los coros más desafinados de los bebés de la congregación sonasen tan hermosos como debieron haber cantado para el Creador los ángeles músicos.
Vaya blasfemia, habría pensado el padre Alrik cuando alguien se lo comentaba así. En el cielo aún quedan músicos. El tiempo pasado está mal indicado. Calurosas discusiones de ese tipo el pequeño Afrodita había oído desde siempre, por lo que si se requería de un buen ayudante, un monaguillo conocedor de temas de discusión y bastantes pasajes bíblicos, ese sería él mismo.
“¿Nunca has pensado en ser sacerdote?”
“¿No estoy muy pequeño para decidir el futuro de mi vida?”
El silencio siempre reinaba.
“Tienes razón, pequeño”
Sin embargo, las pequeñas cosas suelen estar sujetas a grandes cambios; cambios, que decidirán sin más, el trayecto irrevocable de algún plan de vida. Dice la voz del desierto que el nombre para ello es Maktub, la ideología de que algo está escrito es algo que comparten muchas culturas, y que el capricho de seres superiores puede lograr de una vida, una completa Odisea. Así pues, ¿Existe el destino? ¿O acaso es la jugarreta vil de una casualidad? ¿Física cuántica de por medio? ¡Vaya tontería! ¿Alguna ley de causa y efecto?
Vidas pasadas.
Una taza de chocolate caliente le regresó el calor al cuerpo, y tras abrigarse con una desgastada manta de lino que el sacerdote había encontrado, agradeció educadamente.
-¿Qué te trae por aquí?
-Necesito su ayuda, he cometido un error.
Los ojos culpables de Afrodita sobrecogieron a Alrik, que luego de escuchar su problema, soltó una carcajada, más que por burla, de alivio, por un momento pensó que sería algo mucho peor.
-Lo que necesitas es un poco de pegamento- le indicó alzando un dedo –por desgracia tendrás que esperar, aun no encuentro tu mesada de esta quincena-
A pesar de que eran buenas noticias, no pudo evitar desanimarse. Pensaba en que quizás el padre podría auxiliarlo, sin embargo, este le había explicado que no poseía pegamento, algo tan sencillo como ello. ¿Cuánto costaba un poco de pegamento? No tanto, el detalle: la congregación pasaba por problemas debido a las lluvias. Muchos buscaban ayuda y protección en la iglesia por el frío. Las reformas políticas aún seguían su curso, así que la Suecia de las “grandes oportunidades” aun no existía.
Salió de la iglesia pensando bien las cosas. A una cuadra había una papelería, así que esperanzado, corrió hasta ella, esta vez, cuidando de no volver a desplomarse. Fue difícil, sus pies se resbalaban una y otra vez, y si no es por algún faro o pared que ocasionalmente encontraba de camino, hubiese llegado sin duda, rodando.
11,60 Coronas Suecas.
Revisó su bolsillo en cuanto estuvo fuera de la librería. Solo tenía 0, 50. No era suficiente.

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