Los libreros de Göteborg
Despertó muy temprano en la amanecida, con cuidado colocó la tetera para hacerse un poco de manzanilla y sacó de una de las viandas el pastel que le había regalado Acacia. Se percató que la noche anterior no había lavado la vianda de la cena, y acercándose al fregadero de la cocina arrastrando su inseparable banco, pudo estar a la altura y lavar la misma.
El silbido de la tetera lo alertó, se sirvió un poco con dos cucharadas de azúcar y desayunó. Se preparó, minutos después, a emprender su salida. Usaba los pantalones que Acacia le había obsequiado, y una simple camiseta, una del par que tenía y lavaba casi a diario. A pesar de que debía ir a clases con Birsh, decidió permanecer al margen de su casa por unos cuantos días. Aunque el incidente con Acacia había sido resuelto, sentía que si regresaba, el padre de la misma se enojaría por haber celebrado el cumpleaños de Kerstin.
Según sabía, esa familia era musulmana, y habían llegado hacía muchos años a Suecia tras la segunda guerra mundial. Acacia no sabía leer, pero Kerstin, haciéndose su amiga, la enseñó a leer y algunas labores manuales la hicieron ayudar a su malherido padre, que en consecuencia de los combates, actualmente estaba completamente ciego. El señor era testarudo y muy respetuoso de su gremio musulmán, así que incluso, veía mal la idea de Acacia visitando la iglesia luterana que con tanta ilusión frecuentaba el pequeño de cabellos aquamarina. Detalles, como incluso hablar en sueco en vez de turco entre ellos, era una falta gravísima.
Llegó hasta el comienzo de la avenida principal, se sentó en los bancos que adornaban las aceras y despeinó sus cabellos buscando una solución, necesitaba 11,10 coronas suecas. ¿Cómo las encontraría? Apretaba sus labios, miraba a su alrededor y solo veía a adultos con sus maletines yéndose a trabajar, ¡Claro! ¡Debía buscar empleo! El problema era saber cómo las personas encontraban uno, ¿Qué debían decir? ¿O qué debían hacer? ¿Y si no lo aceptaban por tener 6 años?
Llevó sus manos a sus rodillas, mientras hacía mecer sus pies. Continúo divisando a la gente ir y venir, y algo en específico, llamó su atención: del otro lado de la calle, venía un grupo de personas, dos adultos, una mujer muy linda, un hombre, y dos niños. ¿Cómo solían llamarle a eso? ¿Familia? Sonrió con melancolía seguro de que se veían preciosos, sin embargo, los dos adultos parecían pelear. Estaban esperando el paso para cruzar el rayado peatonal.
La luz roja les dio paso. Emprendieron su camino, sin embargo, el niño menor, quien ajeno a los gritos de sus padres jugaba con una pequeña pelota roja, la vio rebotar en el suelo y rodar fuera del paso, a través del pavimento de la avenida, quedándose justo en medio. La hermana se detuvo volteando, sus padres, absorbidos por la fuerte discusión, no se percataron de ello, hasta que los gritos de la niña les llamó la atención
Afrodita se levantó de un salto de la banca, gritó también, y entonces entre la conmoción, los padres se precipitaron contra la avenida que ahora temblaba por el aviso verde: venían carros de nuevo en su dirección. El sujeto, al ver a su mujer expuesta al peligro también, la empujó a la acera y corrió en dirección de sus hijos.
Todo pasó tan rápido para voces de los curiosos, sin embargo, el pequeño Afrodita, perplejo, pudo divisar algo extraño. Segundos más tarde la policía de Gotemburgo estaba deteniendo el paso, gracias al cielo, había ocurrido un milagro: un hombre alto, de cabellera castaña y lacia, había hecho acto de aparición. Ayudó al padre a rescatar a los niños, y ahora todo estaba bajo control del otro lado de la acera, la misma, que compartían con Afrodita que los veía desde la esquina.
Un silbido llamó su atención.
-Eso fue increíble, ¿No? ¿De dónde habrá salido ese sujeto?-
Afrodita viro su cabeza hacia su izquierda, con su pequeño corazón a mil, emanando la adrenalina que sin duda sintió ante aquella situación. El niño que le hablaba a su lado era Casper, uno de los que se había burlado de su llegada estrepitosa a la capilla del padre Alrik luego de ver el catecismo.
-¿De qué hablas? ¿Qué no le viste cuando corrió desde la esquina contraria hasta los niños?-
-¿¡Estás loco!? ¿Quién corre tan deprisa?- dijo Casper, torciendo los ojos. Era un sueco bastante algo y engreído, de esos niños que tienen el porte de bravucones. Pero el mismo Afrodita había comprobado en varias ocasiones, que no era más que tamaño.
-¿Y cómo explicas de todos modos que estén con vida?
Casper iba a responderle, sin embargo, algo llamó la atención de ambos: una fuerte bofetada propinada por el intrigante hombre alto al sujeto padre de familia. Con sus rostros desencajados, y sus ojos como platos, vieron como este desaparecía entre los policías. Así como había aparecido.
-Debe ser un alíen- bromeó Casper
-Como digas- respondió Afrodita
-Y… ¿Tú qué carajos haces aquí? ¿No deberías estar con Birsh estudiando cómo nenas?
-Tu… deberías estar haciendo lo mismo- le respondió con fastidio y emprendió su caminar de regreso de donde venía.
-Es que, necesitaba dinero para ayudar a mis padres- dijo Casper siguiéndole -¿Sabías que la lluvia volvió a dejarnos sin hogar?
Afrodita se sintió mal por él y su padre, la verdad, no eran tan malas personas. Conmovido, le felicitó por querer ayudar a su papá, y este le respondió orgulloso que lo hacía a escondidas porque si no su papá se daría cuenta y no le dejaría salir más. ¿Qué cosa hacia? Pues limpiaba autos, lejos de los policías, puesto que estos no estaban permitiendo a niños trabajar por un no-sé-qué de tratas de blanca.
-¿Tratas de blanca?
-Sí, dicen que es muy peligroso, pero la verdad no me importa.
-Pero si ellos dicen que es peligroso, debe ser por algo, son adultos, debes prestarles atención-
-Eres un aburrido, Afrodita. Dime, ¿Tú no necesitas dinero? Yo gano 5 coronas suecas con solo pulir el parabrisas.
¡Una posibilidad era expuesta ante él! ¡Por supuesto que necesitaba dinero! ¡Solo seis lavadas y encontraría el dinero para el pegamento! Entusiasmado, le asintió pidiéndole que le explicase como comenzar, Casper le indicó que se verían detrás de la capilla con los otros niños para empezar más tarde en una de las esquinas de la avenida principal. Algunos, agregó, vendían dulces cerca del terminal de pasajeros. Ese también era un dato interesante.
Asegurándose de saber la hora correcta, se despidió de Casper, quien iría a verse con su padre para no levantar sospechas. Afrodita no podía estar menos que feliz por haber, al parecer, encontrado empleo, no importaba de qué cosa fuese, si encontraba al menos dinero para el pegamento que necesitaba el diario de su madre, era suficiente.
De regreso a su casa, para esperar la hora de ir a la reunión tras la capilla, recordó al sujeto alto de la avenida, Casper, por su modo de hablar, le había dado a entender que lo que él había visto, o era una alucinación… o era algo que solo lo había visto él. Negó con su cabeza, ¿qué clase de persona se mueve tan rápido como un rayo? Era imposible. Pero estaba seguro de lo que vio, lo vio como en fraccionado los segundos, este cogía entre sus brazos a ambos niños.
Se detuvo en seco frente a unos arbustos contiguos a su solitario hogar, volviéndose a despeinar su cabellera de caída irregular frustrado; además de su “alucinación” lo había dejado perplejo el golpe dado al hombre padre de familia, ¿por qué lo habría hecho? ¿Por lo que estaba pensando? Tenía entendido que los padres debían proteger a la familia, era la manera en que la sociedad lo veía, se suponía que así debía ser. La familia… que cosa tan peculiar encerraba la definición de ese tipo de grupo “social”. ¿Era tan cálido como lo creía que era? Justo como los abrazos que la perfumada Acacia solía regalarle, o tan suave como los besos que le imprimía por todo el rostro. En ese segundo, en el que sus labios suaves se posaban sobre su piel, sentía aquella infantil sensación de protección. De una madre, que le decía, que no debía pensar en muchas cosas, solo en comer, jugar y cometer errores. Pero luego, sin más, recordaba que era mentira.
Había desde siempre, aprendido que debía valerse por sí mismo.
Era fascinante de todas formas observar a las personas y sus distintas familias: Casper solía ser feliz solo con su padre, y aquella familia, por más que peleaba, se vio unida en la tempestad horrible que se quiso posar sobre sus hombros; arrebatándole el pequeño miembro de su pedazo de elíseo. ¿Era eso lo que el sujeto de enorme estatura le estaba reprochando al padre de familia? Un ejemplo contrario al de Casper, eran Acacia y Birsh, que no tenían al padre del segundo presente, pero su abuelo, testarudo como era, solía empeñarse en protegerlos a pesar de su ceguera.
Se sintió egoísta en cuanto quiso con todas sus fuerzas tener una familia que lo quisiese acoger también, y mirando al cielo, pidió disculpas.
“El padre Alrik dice que no gustas de almas sucias de pecado, ¿verdad? No volveré a sentir envidia”
*
Antes de haber salido de casa, había dado un vistazo de nuevo al diario de su madre, y justo antes del día escrito en la página que había rasgado por accidente, había una palabra que jamás había leído hasta esos momentos: “Floriografía”.
Kerstin lo había colocado de la siguiente manera entre los párrafos dejados en el manuscrito de su puño y letra: “He descubierto que el Rey Carlos XII trajo desde Persia hacia Suecia, en el siglo XVIII, la Floriografía, ¡Es interesante que una rosa tenga un significado tan emblemático, filosófico, e histórico! ¡Debo leer más sobre ello en los libros nuevos sobre el tema!”
Intentó pronunciarlo conforme se acercaba con sigilo a la capilla. Floriogra… fía…
Empero a las circunstancias, supuso que sería prudente no entrar por el pórtico principal puesto que levantaría sospechas a pesar de que para esa hora estaba completamente desierta la iglesia. Encontró a los niños que había mencionado Casper en el lugar indicado, y tras recibir un bote de agua mezclada con jabón detergente, y un trapo, al parecer, de lino viejo –quizás hurtado de los trozos que poseía el padre Alrik- se dirigieron a el punto de la avenida que acordaron por votación, levantando las manos.
Habían tanto niños como niñas de varias edades, el más grande era Casper, que tenía 10 años, este, parecía ser el líder y el de la idea que se llevaba a cabo. El tiempo pasó bien, a pesar del trabajo fastidioso, y lo altos que eran algunos carros para algunos. Al menos no había sol, el mayo estaba lluvioso y nublado.
Pasadas 3 horas, Afrodita, exhausto, se detuvo sin creer que recibía la última moneda que dejaba claro que había cumplido su cometido: 11,10 coronas suecas estaban entre sus dedos, y parecían ser producto de una ilusión óptica. Cruzó la calle hasta quedar al borde de la acera, donde se dejó caer satisfecho. En ese preciso instante se dio cuenta que moría de hambre, habían, hace mucho, pasado la hora del almuerzo. Suspiró deseando que el padre Alrik le hubiese guardado un poco del almuerzo que siempre le ofrecía. Apretando sus monedas, las llevó a su bolsillo, y dejo de lado los utensilios, sus manos y camisa estaban sucias, además de sus mejillas y pantalones mojados.
-¡Evette! ¡Evette, cuidado!-
El grito de Casper, seguido del rechinido propio de las ruedas de un auto lo sacaron de sus ensoñaciones con el estofado del cura, en cuanto alzó su vista se fijó como a la niña de ocho años, Evette, un sujeto la pretendía halar dentro de una camioneta con el color deshecho. Se incorporó de inmediato corriendo hasta ella, mientras los otros varones hacían lo mismo. Entre todos consiguieron tomar a la niña, pero no contaron con que el sujeto estaba acompañado, el cobarde que se escondía en la sombra interior del auto soltó un disparo al aire, suficiente, para hacer estremecer de terror a los pequeños.
Algunos de ellos, los menores, dieron varios pasos hacia atrás, sin embargo, Louis, Casper, y Afrodita, seguían ceñidos a la niña que temblaba y lloraba implorando que la dejasen partir. Forcejeaban valientemente, hasta que el brillo de la punta de un arma se asomó por la ventaba frente a ellos: se quedaron quietos, sin soltar a Evette, pensando en que uno u otro cedería primero y correría.
Una rosa, no obstante, apareció de por medio, y un fuerte golpe empujó de manera contraria a los tres varones junto a Evette. En cuanto Afrodita se incorporó, diviso al sujeto que halaba a la niña desmayado en el suelo, con rasguños en sus brazos, y al otro, huyendo del lugar.
El recién aparecido era el de la mañana, supo que sus conjeturas eran ciertas cuando Casper perplejo lo mencionó.

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